jueves 30 DE junio DE 2022

El Presidente y tres malas señales frente a Cuba: deterioro propio, alineamiento K y política exterior depreciada

Alberto Fernández lo dijo sin rodeos: “No conozco exactamente la dimensión del problema en Cuba”. No se trata de explorar la historia contemporánea de Cuba antes de hablar, y menos de ser un experto en la materia. Alcanza con conocer el cuadro económico y social que viene padeciendo la isla -agravado en el último año- y tener un asesor o un ministro cerca como en cualquier rubro. Lo que nadie aconsejaría a un presidente es presentarse como alguien que carece de información y opinión. Pero el Presidente prefirió mostrarse de ese modo y lo hizo, en rigor, para evitar pronunciarse sobre las últimas protestas y la represión. Fue una manera evidente de opinar.

Alberto Fernández eligió así exponerse al posible deterioro de la imagen presidencial tal vez, paradójicamente, para afirmarse en el terreno interno. Recurrió a una diagonal para eludir un respaldo abierto a La Habana, como lo hacen expresiones del kirchnerismo más duro. Aludió a la no injerencia en los asuntos de otros países, principio que él mismo no practica en otros casos, como ocurrió con la represión en Colombia y más lejos, con Chile. En rigor, esa no es la cuestión de fondo. Existe, en cambio, un recorrido que muestra alineamiento doméstico y una depreciación creciente de la política exterior.

No se trata de un rubro aislado. Y lo que ocurre en este terreno asoma vinculado directamente a una sucesión de hechos de gestión, con un marco de ofensivas de Cristina Fernández de Kirchner en la interna del poder. Con un añadido significativo: el retroceso que significa la actitud parcial que se va afirmando en materia de Derechos Humanos, tal vez el punto en que la historia de la recuperación democrática permitía al país sostener una posición de principios ajena a cualquier juego de alineamientos en el tablero internacional.

Conviene ir por partes, casi con sentido cronológico. La primera y potente señal en cuanto al juego interno fue dada en el plano judicial, el más sensible en la mirada de CFK. El Presidente fue aumentando sus críticas ya no a algunas causas en particular o al abuso de prisiones preventivas, sino en general a los casos de corrupción y, giro también con mensaje externo, a la causa del memorandum con Irán. El vuelco en esta área terminó precipitando la salida de Marcela Losardo en el Ministerio de Justicia.

Esa movida, en sentido amplio, fue afectando otros terrenos de gestión. Estrechó el camino de Martín Guzmán y colocó en zona de observación otros ministerios. Son crujidos que el oficialismo intenta amortiguar camino a las elecciones. El problema adicional es que la “unidad” como estrategia se va traduciendo como preponderancia del kirchnerismo duro. Algo similar ocurre con la decisión de polarizar como línea de campaña, porque termina sectarizando el discurso y la política oficial. En espejo, sigue limando la imagen de “moderación” anotada como capital en el armado del Frente de Todos, hace dos años.

En ese cuadro se registra lo que ocurre en política exterior. No se limita a improvisaciones o falta de solidez de algunas posiciones. En todo caso, resulta insólito el episodio del discurso presidencial sobre brasileños, mexicanos y barcos. Pero incluso allí fue visible una pincelada de contradicciones o mensajes al menos confusos hacia el mundo.

Alberto Fernández se enredó en aquella “cita” sobre orígenes latinoamericanos como parte de un mensaje ante el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, para definirse como “europeísta”. Más incluso, podría decirse, como “occidental”, del mismo modo que sus reiteradas declaraciones sobre la última ronda de contactos con los líderes de Alemania, Francia, España, Italia y Portugal, además de los gestos hacia Washington.

Casi en paralelo, los mensajes sobre el régimen de Venezuela y los últimos sucesos de Nicaragua, con represión y encarcelamiento de opositores, buscaron tomar distancia de las condenas. En algunos casos, fue esgrimido el resguardo de la no intervención en cuestiones de otros países. Es un criterio aplicado según el caso, como se ha dicho, lo cual expone que no se trata de un principio para el Gobierno.

El Presidente volvió sobre ese punto, eludió hablar sobre los últimos episodios de Cuba y trató de bajarle el nivel. “Si realmente nos preocupa lo que pasa, terminemos con los bloqueos, le están haciendo un daño incalculable y también a Venezuela”, dijo. El bloqueo como recurso es un punto de debate más que moral, práctico, en Estados Unidos. Barack Obama inauguró una etapa de apertura, negada por Donald Trump y sin avances con Joe Biden.

Es sin dudas un punto, grave, de la agenda. Es un problema serio para la isla, que arrastra ciclos de crisis profundas, los últimos de mayor gravedad después del desmoronamiento de la Unión Soviética. Pero ni la crisis ni la discusión sobre los efectos del bloqueo deberían ser esgrimidos como justificación de la represión a las protestas o para subalternar los reclamos en medio de la crisis agudizada por la pandemia.

El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, no sólo expuso intolerancia frente a los reclamos en la calle, sino que además llamó virtualmente a la represión paraestatal. No es algo irrelevante, más allá de los giros posteriores para bajarle el tono.

El argumento del desconocimiento del tema se expone débil como recurso, además de colocar a Alberto Fernández en un lugar inentendible como presidente. La Cancillería, en todo caso, podría actuar razonablemente y con los tiempos de la diplomacia si cuidara el lugar ganado internacionalmente por el país en materia de Derechos Humanos a partir del juicio a la Juntas y las causas posteriores. Se trataría de línea, no de alineamientos y menos de internas.

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